domingo, 3 de noviembre de 2019

Perdonarnos



Y sigo a veces sin poder encontrarme. No sé, ni siquiera, por dónde empezar, tengo un dolor fuerte en el pecho, que en tantas ocasiones me quita hasta el aire de tanto aguantar. Y entonces lloro, pensando, en que no sé cómo seguir sujetando mi corazón hecho pedazos. Peleando entre las arenas movedizas que no me dejan escapar. Y aún que esté en partes, nunca pierdo la fe, se supone que es lo último que se pierde, pero unas tantas veces dudo de todo, y me siento en extremo perdida, sin saber hacia qué dirección correr. Otras llorando a oscuras en mi habitación, cuando nadie puede verme, porque se supone que en todo momento soy fuerte, pero yo me siento débil y sin ganas, otras tantas veces, confío en mí, en mi capacidad, en quien soy y en lo que me esfuerzo por ser; cada día, para poder sentirme orgullosa de mí, pero a veces ni siquiera eso se lleva el dolor. Observó el verde de la naturaleza y su magia, amo perderme indeterminado tiempo, por una extraña razón, ahí, a veces, es mi calma. Me tocó durante mucho tiempo verme al espejo y sí, yo sabía demasiado bien que no me quería.  La persona que se encontraba atrapada en ese cristal, estaba tan herida, con tantas cicatrices, que a veces de tanta angustia. Tanto, que por poco me olvide quien era yo. Le hubiera dado el gusto de seguir arrastrándome. Entonces puedo llorar por sentirme tan miserablemente, escondida entre todos esos tragos de whisky y cigarrillos. Sé que ahí están los retazos de mi corazón roto e inseguridades ocultas. Pero uno de estos días, sé que voy a secar mis lágrimas y rearmar mi tan desgastado y roto corazón, voy a decirme que ya es hora de emprender un nuevo viaje. Donde quizá en el camino, iba a soltar un poco más de lágrimas, pero iba a ser por mi bien, esta vez. De soltar todo lo que en algún momento me hizo creer la mentira más grande, que yo no bastaba, que no era suficiente, que no era ni esos abusos, ni esos engaños,  ni esos golpes, ni todas esas faltas personales que tenía, ni siquiera una vida llena de injusticias, ni todas las veces que llorando rogué para que me crean o vieran suficiente, ni siquiera era esa persona que jamás había recibido un afectó sincero; lloré tantas veces frente al espejo, que perdí la cuenta,  ahí estaba mi real yo, frente mío, observándome con los ojos irritados a causa de todas esas lágrimas que iban desnudando todo lo que tanto miedo me da, lo que puedo fingir ante cualquiera, pero no dentro de mí. Todo en mi empezó a llorar, después de haber dejado tanto atrás, note que faltaba lo más importante, sí, me faltaba pedirle perdón a la persona más importante. A esa persona que lastime más que a nada y si, esa persona era yo. Hay muchas cosas que van a ser causa de nuestros actos, o el tan famoso karma y otras que van a solo suceder, no tenemos la culpa de todo y no podemos actuar sobre la vida de todos o mantener el control. Perdonarnos es uno de los pasos para saber qué es lo que merecemos para ser felices. A veces solo necesitamos cambiar la perspectiva.  Y convertir las desgracias en cosas buenas, porque no dejan de ser experiencia, y al final de nuestras vidas, no somos más que un poco de cada experiencia. Sonreite, sonreite mucho, pedite perdón, agradece al dolor, que es nuestro mejor maestro y regálate la posibilidad de ser feliz, sin miedo, sin prejuicios, siguiendo lo que te hace feliz. Porque a veces por tanta niebla, no notamos hasta donde llegamos, todo lo que avanzamos a pesar de tantas lágrimas y obstáculos. Es mentira que el tren pasa solo una vez, es mentira que solo hay pocas oportunidades, el universo es magia, al igual, que cada uno de nosotros. Y aún siquiera notamos que el tiempo no se detiene ni siquiera por nosotros. Porque luego, a veces, quizás sea un poco tarde. No nacimos de un modo, con personalidades implementadas, somos quien luchamos por ser, somos el destino, el camino que construimos y lo que aprendemos de las espinas que se atraviesan en él.

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